LA SEMAINE DE SUZETTE
(EDICIÓN DEL 28 DE OCTUBRE DE 1954)
La Semaine de Suzette fue una popular revista infantil francesa, publicada semanalmente entre 1905 y 1960, dirigida principalmente a niñas jóvenes. Famosa por introducir al personaje de Bécassine, contenía historietas, relatos, patrones de costura para muñecas y contenidos educativos con un enfoque tradicional y moral, en esta ocasión la diva peruana es mencionada en un articulo llamado "La Virgen Del Sol" haciendo referencia a su mitológica ascendencia inca. Toda la informacion aquí mostrada fue extraída de fuentes oficiales y perteneces a sus respectivas marcas: Gallica.bnf
TRADUCCION DEL TEXTO AL ESPAÑOL:
LA VIRGEN DEL SOL
(Pag. 760)
La vida de la pequeña vestal del Sol era un misterio, salvo para el emperador y para ella misma. Hija de una princesa exiliada porque no se había casado con un Inca de sangre real, Imasumac no debía más que a su maravillosa belleza el haber conservado su rango de princesa y, sobre todo, el haber sido elegida entre las más bellas jóvenes del Perú como Virgen del Sol. Era el honor más grande... pero también significaba ser condenada de por vida a una existencia de reclusa, pues la pequeña esposa de Inti-Soleil (el Dios Sol) casi nunca salía de su espléndido palacio.
Todo allí era de oro fino: las tejas y las vigas del techo, los muros y el pavimento. ¿Acaso el oro no tenía el color del sol? Sus compañeras eran numerosas, seguramente más de mil, de modo que nunca se aburría, a decir verdad, bajo la guardia de las mamaconas que les enseñaban tantas cosas útiles para su noble rango. Debían saberlo todo: preparar el licor de maíz (chicha), bailar el cashun (ballet sagrado donde cada paso y cada figura reproducían fielmente el curso de las estrellas en el firmamento).
Pero el único día del año en que Imasumac y las mil vestales salían del Acllahuasi, las recompensaba por tantas lecciones y tanto encierro. Era para la célebre fiesta del Inti Raymi o Día del Sol, que en realidad duraba una semana entera. Cien mil funcionarios postrados y los Incas llegados de los cuatro rincones del Imperio saludaban religiosamente el solsticio de verano. Se abrían de par en par las puertas de los tres recintos y se quemaba incienso por todas partes. Príncipes y dignatarios, e incluso los sacerdotes, se cubrían con cadenas y guirnaldas de oro puro. Escoltando al Inca Supremo, que avanzaba en su litera de oro hasta la plaza del Sol, donde le esperaba un trono de oro y esmeraldas grandes como huevos. Entonces, el Gran Sacerdote elevaba hacia el astro la copa de oro llena de licor de maíz y la fiesta comenzaba, saludada por el coro de las vestales de pie sobre el estrado.
Pero un solo año, la pequeña Virgen del Sol debió celebrar la aparición de Inti-Soleil por encima de los cuatro gigantes. Ese año, fue Imasumac la elegida. Su voz de oro resonó por la ciudad, por los cuatrocientos templos. Era una voz nunca antes oída, prodigiosa, extraña, a ratos de bronce y de cristal... ¡una voz hecha de chispas y de fuego!
En adelante, fue ella quien saludó cada mañana el renacimiento del Sol. La historia no dice cuántos años vivió la pequeña vestal de la voz de oro, pero una leyenda inca afirma que, desde entonces, para los indios de la Cordillera, en el fondo de la garganta de Imasumac se ocultaba la voz embrujadora de un ruiseñor de los Andes...
Pasaron cuatro siglos más, durante los cuales nacieron otras pequeñas princesas incas o simples jóvenes indias de la costa peruana o de las montañas. Hasta la llegada de los Conquistadores, las más bellas siguieron siendo conducidas al Cuzco para convertirse en las fieles servidoras de Inti-Soleil, cautivas del templo de oro y guardianas del Fuego Sagrado. Por grupos de doce, aprendían siempre a preparar el pan y el vino de maíz, a danzar y a cantar los himnos. Pero una sola siguió portando el nombre mágico de Imasumac: "el ruiseñor convertido en mujer" que cantaba ante los millones de Incas el día de la fiesta del Sol.
(Continúa en la página 768)
LA VIRGEN DEL SOL
(Continuación de la página 760)
¿No le había dicho el Dios Creador de los Incas una mañana a Manco Cápac, el primer emperador?:
— Si tú y tus descendientes siempre me veneran, serán eternamente grandes soberanos...
Manco Cápac mandó entonces edificar cien templos, adoratorios, conventos, fortalezas y palacios a la gloria del Dios Sol. Hizo fabricar mil estatuas resplandecientes del ídolo y sus sucesores continuaron la tradición. El Cuzco se había convertido en la más bella y rica de las ciudades del mundo mucho antes de que París fuera construida. Y jamás los Incas habrían perdido su imperio y todos sus tesoros, pues jamás habrían olvidado adorar al sol, si los españoles no hubieran descubierto este nuevo mundo de fabulosas riquezas.
Pero llegaron los Conquistadores y murió el Imperio Inca. Los extranjeros saquearon los palacios, arrancaron las placas de oro de los muros, derribaron las vigas consteladas de los techos, arrasaron las terrazas sembradas de joyas; lo destruyeron todo, salvo la gigantesca fortaleza de Sacsayhuamán, cuyos bloques de piedra han desafiado hasta nuestros días el desgaste del tiempo y la mano sacrílega de los hombres.
Han pasado ochocientos años desde el reinado de Pachacútec. Ya no hay Incas, pero la raza indígena del Perú se ha perpetuado a través de las tribus Aymaras y Quechuas. Sobre los zócalos de piedra de los palacios arrasados por los Conquistadores se levantan las iglesias más bellas del mundo.
Sin embargo, hace poco tiempo todavía se ignoraba que estos Aymaras y Quechuas silenciosos, la mayoría de los cuales vive en montañas tan altas que los pueblos están construidos a más de cuatro mil metros por encima de la "puna" (donde solo crece el musgo que alimenta a las llamas, vicuñas y alpacas), continuaban saludando cada mañana la salida del sol con cantos rituales heredados de los primeros Incas.
Un día, en un pueblo de los Andes tan pequeño que no aparece en ningún mapa del Perú, nació un bebé indio. Era una niña y esto ocurrió hace veinticinco años. Su piel morena, su cabello negro y lacio y sus ojos rasgados a la manera china le daban un encanto tan profundo que, desde el día de su nacimiento, todos los habitantes acudieron a admirarla. Una leyenda predecía —pero sin fijar la época— que Ichocán vería nacer un día a una pequeña princesa con canto de pájaro. ¿Sería acaso esta minúscula muñeca de piel cobriza?
Sin embargo, la familia de la niña era muy pobre, aunque de sangre real, según decía Doña Emilia, quien pretendía ser la última princesa inca hasta el nacimiento de su hija.
Desde los primeros días, la sexta hija de Doña Emilia fue objeto de un profundo asombro. Cada vez que de su garganta morena salía un sonido, era ya un canto tan embrujador que el sol parecía suspender su curso sobre los picos helados de la Cordillera para escuchar la voz prodigiosa, la voz de ruiseñor, ¡la voz de oro!
Doña Emilia, igualmente turbada e inquieta, decidió consultar al druga (brujo/curandero), que vivía en una gruta antaño sagrada. Tras solemnes encantamientos, el hechicero habló:
— Doña Emilia Atahualpa, noble princesa inca, última de la raza imperial del Imperio del Sol peruano, ¡tu hija tiene en la garganta un genio maligno! —anunció con aire espantoso.
La pobre india se sintió aún más desolada cuando el druga terminó por revelar que dicho genio no era otro que el espíritu maléfico del jaguar y que no podía comprometerse a expulsarlo...
En cuanto a la pequeña, aquello no le impidió crecer en estatura y belleza. Y como cantaba cada vez mejor, el druga prefirió confesar que se había equivocado de genio y que quien habitaba la garganta de la joven cantante no era otro que Chiwaki, el ruiseñor de los Andes... ¡Así renacía la leyenda!
Decidido a probar al clan de Ichocán que esta vez no se había equivocado en su profecía, el druga organizó una gran fiesta como no se había visto en mucho tiempo. Durante la ceremonia, nombró oficialmente a la pequeña princesa heredera de la voz de oro como la oficiante encargada de cantar cada mañana el himno al sol y cada noche de llorar su ocaso. Y desde entonces, decretó que la niña llevaría el nombre sagrado de Yma Sumac.
El gobernador de la ciudad, escéptico al principio, se negó a prestar atención a los relatos que le hacían. Pero tuvo aún más dificultad para convencer a Doña Emilia Atahualpa y a su familia de seguirle a Lima.
Finalmente, hubo que obedecer. Yma Sumac ayudó a su madre a empacar lo poco que poseían entre todos en unas cuantas cajas que amarraron a los lomos de las llamas. Y la curiosa caravana indígena abandonó su Cordillera natal... En el primer recodo del camino, Ichocán, encaramado a casi cinco mil metros de altitud, desapareció de los ojos de Yma Sumac, mientras los indios del pueblo lloraban su partida. Sus dioses vengarían el sacrilegio, decían, pues creían que la pequeña Virgen del Sol no debía mostrarse a los blancos. Fieles a la costumbre, ¿no habrían preferido todas las vestales de los tiempos de los emperadores incas morir antes que dejarse ver por los Conquistadores?
Para colmo, algunos días más tarde, se produjo un corto terremoto. Pero como el sol reapareció al día siguiente más resplandeciente para celebrar la llegada de la niña y su familia a Lima, y cuando en el inmenso anfiteatro natural de las rocas de la pampa de Amancaes Yma Sumac se puso a cantar al regreso del astro-rey, ya no se dudó más del milagro. La "mujer-pájaro" no podía ser sino una descendiente de los Incas...
Pronto su renombre salió del Perú. Un argentino la mandó buscar en un avión cuya cabina llevaba el nombre de Yma Sumac escrito en letras de oro. En Brasil, la joven prodigio utilizó un helicóptero rosa para ir de su hotel al teatro donde cantaba. En México, el presidente Camacho le pidió participar en un festival en Ciudad de México. Su éxito fue tan grande que se instaló en los Estados Unidos tras casarse a los catorce años con un indio mestizo de español que compone para ella extrañas canciones salvajes, dignas de las del pasado.
Y es por eso que, hace unos meses en París, se elevó en nuestro cielo la divina voz de oro de Yma Sumac, ¡última princesa inca y virgen del Sol!
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